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Terra
La Coctelera

Categoría: Va de poetas

Mai. Ánchel Conte. Poesía en aragonés.

Mai, mira-me as mans;
as trayo buedas,
lasas d'amar...
Son dos alas
d'un biello pardal
que no puede
sisquiera bolar.

Mai, mira-me os güellos,
n'o zielo perdius
n'un fondo silenzio...
Son dos purnas
chitadas d'o fuego
que no alumbran
ni matan o chelo.

Mai, mira-me l'alma
aflamada de sete,
enxuta d'asperanza...
Ye un campo labrau
an no i crexen qu'allagas
que punchan a bida
dica qu'a matan.

Mai, mira-me a yo.
Me reconoxes, mai?
Fue o tuyo ninon...
Güei so un ome
que no se como so.
Mai, me reconoxes?
Mai, ni sisquiera tú?!

---

Madre, mírame las manos,
las traigo vacías,
faltas de amar...
Son dos alas
de un viejo gorrión
que no puede
ni siquiera volar.

Madre, mírame los ojos,
en el cielo perdidos
en un hondo silencio...
Son dos chispas
arrojadas del fuego
que no alumbran
ni matan el hielo.

Madre, mírame el alma
enjuta de sed,
seca de esperanza...
Es un campo labrado
donde sólo crecen aliagas
que pinchan la vida
hasta matarla.

Madre, mírame a mí.
¿Me reconoces, madre?
Fui tu bebé...
Hoy soy un hombre
que no sé como soy.
Madre, ¿me reconoces?
Madre, ¡¿ni siquiera tú?!

No es el amor quien muere... Luis Cernuda.

No es el amor quien muere,
somos nosotros mismos.

Inocencia primera
abolida en deseo,
olvido de sí mismo en otro olvido,
ramas entrelazadas,
¿por qué vivir si desaparecéis un día?

Sólo vive quien mira
siempre ante sí los ojos de su aurora,
sólo vive quien besa
aquel cuerpo de ángel que el amor levantara.

Fantasmas de la pena,
a lo lejos, los otros,
los que ese amor perdieron,
como un recuerdo en sueños,
recorriendo las tumbas
otro vacío estrechan.

Por allá van y gimen,
muertos en pie, vidas tras de la piedra,
golpeando la impotencia,
arañando la sombra
con inútil ternura.

No, no es el amor quien muere.

Esperanza. Sin esperanza, con convencimiento. Ángel González.

Esperanza,
araña negra del atardecer.
Te paras
no lejos de mi cuerpo
abandonado, andas
en torno a mí,
tejiendo, rápida,
inconsistentes hilos invisibles,
te acercas, obstinada,
y me acaricias casi con tu sombra
pesada
y leve a un tiempo.
Agazapada
bajo las piedras y las horas,
esperaste, paciente, la llegada
de esta tarde
en la que nada
es ya posible...
Mi corazón:
tu nido.
Muerde en él, esperanza.

The end...

This is the end,
beautiful friend.
This is the end,
my only friend, the end.

Of our elaborate plans, the end.
Of everything that stands, the end.
No safety or surprise, the end.
I'll never look into your eyes... again.

Este es el fin,
hermoso amigo.
Este es el fin,
mi único amigo, el fin.

De nuestros elaborados planes, el fin.
De todo lo que sigue en pie, el fin.
Sin seguridad o sorpresa, el fin.
Nunca miraré dentro de tus ojos... otra vez.

(The end. The Doors)

Bajo una pequeña estrella. Wislawa Szymborska. Versión de Abel A. Murcia.

Que me disculpe la coincidencia por llamarla necesidad.
Que me disculpe la necesidad, si a pesar de ello me equivoco.
Que no se enoje la felicidad por considerarla mía.
Que me olviden los muertos que apenas brillan en la memoria.
Que me disculpe el tiempo por el mucho mundo pasado por alto a cada segundo.
Que me disculpe mi viejo amor por considerar al nuevo el primero.
Perdonadme, guerras lejanas, por traer flores a casa.
Perdonadme, heridas abiertas, por pincharme en el dedo.
Que me disculpen los que claman desde el abismo el disco de un minué.
Que me disculpe la gente en las estaciones por el sueño a las cinco de la mañana.
Perdóname, esperanza acosada, por reírme a veces.
Perdonadme, desiertos, por no correr con una cuchara de agua.
Y tú, gavilán, hace años el mismo, en esta misma jaula,
inmóvil mirando fijamente el mismo punto siempre,
absuélveme, aunque fueras un ave disecada.
Que me disculpe el árbol talado por las cuatro patas de la mesa.
Que me disculpen las grandes preguntas por las pequeñas respuestas.
Verdad, no me prestes demasiada atención.
Solemnidad, sé magnánima conmigo.
Soporta, misterio de la existencia, que arranque hilos de tu cola.
No me acuses, alma, de poseerte pocas veces.
Que me perdone todo por no poder estar en todas partes.
Que me perdonen todos por no saber ser cada uno de ellos, cada una de ellas.
Sé que mientras viva nada me justifica porque yo misma me lo impido.
Habla, no me tomes a mal que tome prestadas palabras patéticas y que me esfuerce después para que parezcan ligeras.

El mejor prólogo del mundo.

El presente libro es para muy pocos; tal vez no sea todavía para nadie.

Los que comprenden mi Zaratustra serán, a lo sumo, los únicos que podrán leerme. ¿Acaso puedo ser confundido con quienes ahora son comprendidos? Me pertenece el pasado mañana. Hay quien nace póstumo.

¿Qué condiciones habrán de reunir los que deseen entenderme? Ser íntegro en las cosas del espíritu, íntegro hasta la dureza, para poder soportar, nada más que soportar, mi austeridad y mi pasión: estar acostumbrado a vivir en la cumbre de las montañas y a ver muy por debajo la despreciable charlatanería de la política y del egoísmo de los pueblos; haberse vuelto indiferente; no preguntar jamás si la verdad es útil, si puede llegar a convertirse en destino de alguien. Hácese precisa la predilección de los fuertes por las cuestiones que al presente nadie tiene el valor de dilucidar, el valor de buscar el fruto prohibido, la predestinación del laberinto. Una experiencia de siete soledades. Oídos nuevos para una música nueva. Ojos nuevos para las cosas que emergen de las ocultas lontananzas. Conciencia nueva para verdades mudas hasta hoy. Y la voluntad de la economía del gran estilo: concentrar su fuerza, su entusiasmo. El respeto a sí mismo, el amor, la absoluta libertad respecto de sí mismo...

Para esos he escrito mi Anticristo. Esos serán mis únicos, mis verdaderos lectores, mis lectores predestinados, ¿qué importan los demás? Los demás no son más que humanidad. Hemos de ser superiores a la humanidad en espíritu, en energía... y en desdén.

Friedrich W. Nietzsche, El Anticristo

"Que los ruidos te perforen los dientes...". Oliverio Girondo.

Que los ruidos te perforen los dientes,
como una lima de dentista,
y la memoria se te llene de herrumbre,
de olores descompuestos y de palabras rotas.
Que te crezca, en cada uno de los poros,
una pata de araña;
que sólo puedas alimentarte de barajas usadas
y que el sueño te reduzca, como una aplanadora,
al espesor de tu retrato.
Que al salir a la calle,
hasta los faroles te corran a patadas;
que un fanatismo irresistible te obligue a prosternarte
ante los tachos de basura
y que todos los habitantes de la ciudad
te confundan con un madero.
Que cuando quieras decir: "Mi amor",
digas: "Pescado frito";
que tus manos intenten estrangularte a cada rato,
y que en vez de tirar el cigarrillo,
seas tú el que te arrojes en las salivaderas.
Que tu mujer te engañe hasta con los buzones;
que al acostarse junto a ti,
se metamorfosee en sanguijuela,
y que después de parir un cuervo,
alumbre una llave inglesa.
Que tu familia se divierta en deformarte el esqueleto,
para que los espejos, al mirarte,
se suiciden de repugnancia;
que tu único entretenimiento consista en instalarte
en la sala de espera de los dentistas,
disfrazado de cocodrilo,
y que te enamores, tan locamente,
de una caja de hierro,
que no puedas dejar, ni por un solo instante,
de lamerle la cerradura.

'Ríos de letras' (concurso de relatos hiperbreves)

Corazón de piedra

Quizá sea lo más hermoso que hayáis podido ver. Llena de curvas. Equiparable a la belleza de una ninfa. Mi corazón parece deshacerse con tan sólo mirarla. Sin embargo, pobre de mí, este amor tan puro no es correspondido. A ella le gusta ir de un lado a otro, moviéndose con ligereza. Yo, sin embargo, tengo que conformarme con vivir a su lado, sentir una caricia y ver cómo, una vez más, vuelve a alejarse.

¿Puede una roca enamorarse del agua?

La respuesta es clara.

(Víctor Lapuerta Mercadal.
Primer Premio Bachillerato)
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